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22 de octubre
Fotos nuevas de "La Experiencia Santa Cruz"
Vol. III, o cuatro, no recuerdo bien.
La vida en Concepción.
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Estuvimos en Concepción, un pueblito con iglesia jesuítica del siglo XVII (Aunque restaurada, como pude averiguar luego, pero con un museo con piezas de la iglesia original. Algo es algo) y festival de la orquídea incluídos (Medio fiasco, porque de las 25 especies de flores que había vimos un par --las otras las vendieron o se las robaron el día anterior).

La ida, en un ómnibus de esos de las películas venidas de países del otro lado del Ecuador que cuentan la vida de éste lado de la mencionada raya: Ventanas trancadas, asientos de higiene dudosa, pasajeros con bártulos del tamaño de otro pasajero, pasajeras con dos hijos a cuestas en la misma falda y apoyados sobre éste servidor (El viaje duró 6 horas por sinuosas y subibajantes carreteras, durante el caluroso día cruceño. Saquen cuentas), que no obstante se preocupó, en una de las oportunidades en que el mencionado bus se detenía (En cada pueblo del trayecto, unos 5 o 6), de tramitar la compra de leche chocolatada para los pequeños. Lo que se dice un gesto de buen cristiano, que además es un gesto de valentía y una experiencia para contar en persona, que no obstante trataré de traducir en palabras:

"Hay chicha hay chicha hay chicha hay chicha hay chicha..."
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Claro, la compra de un par de cajitas de Colet a un vendedor ambulante que subiera a un interdepartamental urugayo no tendría mayor interés dramático, lo reconozco, pero insisto en la anécdota porque la leche chocolatada acá la venden desde la calle al ómnibus, a través de la ventana del rodado (Como comenté, la mía no abría más que una rendija, así que Euge hizo de pasamanos --lo que se dice una buena acción en cooperativa), cuando éste más o menos se detiene; viene en frágiles vasitos de plástico descartable y sale de unos termos de dudosa higiene, ofreciendo además una sospechosa coloración marronácea.

Músicos del pueblo de Limoncito: La felicidad pintada en el rostro, al recibir a los gringos que por un dia se sienten salvadores de la comunidad, comprando simpáticas artesanías.
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Cuesta 1 Bs. el vasito ($ 3) y los niños lo toman cuando se retoma la marcha, por lo que la mitad del contenido (Tampoco tanto, pero la ficción es así) puede terminar en lugares muy distantes al sistema digestivo del mentado párvulo. Una parte más de la experiencia, como quien dice.

Hay varios cuentos más, destacándose la visita a "Limoncito", el cruce del puente de una sola senda en la noche, la degustación de la local "chicha" y otros simpáticos momentos, pero no los voy a contar en ésta oportunidad porque esto se iría para muy largo, y hay unas cuantas fotos para mirar, lo que me hace saber que pretender más tiempo de los amables lectores es ya un exceso de confianza.

Espero se diviertan, informen, ilustren, o simplemente pasen lo que se conoce como "un rato ameno".

Hasta lueguito y que aproveche.


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