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Página 1 | 2 Un paráte. Un paráte más entre tantos que ya no hay forma de contarlos. Me acuesto y espero. Hoy no. Hoy me tiro al suelo y tapo a Alejandro, lo cubro que no da más, pobre, tan pálido en su camilla respirando lo último que no será último si sólo alcanzáramos a subir río arriba donde nos esperan. Lo cubro con mi cuerpo mientras mi mano y su extensión aportan más silbidos a la oscura sinfonía del conflicto. Así siempre: se avanza, se frena en seco y uno se acuesta. Los que son como yo nos tapamos los oídos y nos acordamos de mamá, de nuestras hermanas, de alguna novia que quedó por ahí dando vueltas. Del perro. Del olor a escuela, olor a casa, a familia. Olor a vida, a despertarse temprano y con café. A un cigarrillo y unos mates: charla de amigos, nada en especial. Entretanto los que son más corajudos se prenden a los tiros. Corajudos o locos, cada uno tendrá sus razones. Algunos dicen que lo hacen para cuidar (a tiros, señores, ¡a los tiros!). Otros, los más sinceros, dicen que lo hacen para volver a sentir el olor a vida. Tan abstracto... uno no se puede acordar exactamente de un olor, tan sólo de las imágenes que lo acompañan. Esta mañana yo lo hice por Ale, Ale en una camilla. Ale siempre tan niño, tan inocente, tan puro que esto se transformó en la violación más horrible que se puede presenciar. Ale tan pálido soltando palabras al azar. "¿Por qué llorás?", pregunta vaya uno a saber a qué ser imaginario, pero me mira a mí, me mira a mí. Un señor que vendía helados me miró con cara de reproche, como si yo hubiese hecho llorar a la nena de blanco que miraba el mar. -¿Querés un helado?- Y me dijiste que sí, que querías sambayón, y el soldado te compró un regalo. Y el señor me sonrió y me dijo adiós y ¿por qué te pondrías a llorar con el mar al frente y un helado en las manos? Nena, me parecía grave, quería saber, te quería ayudar y vos que te secabas las lágrimas mientras te concentrabas en tomar helado como un pez a punto de morir porque la cucharita te parecía obsoleta o porque jugar a ser un pez de alas azules era tu pasatiempo. Alas celestes, me corrijo. Pero esto igual que todo, es una pérdida de tiempo, porque no sé bien a qué jugabas ese día o si seguís jugando o si te parece que ya no tenés edad para jugar pero siempre hay edad para jugar, siempre, siempre, siempre te dije cuando me lo preguntaste... me dijiste que tenías doce años y que estabas grande para llorar, pero no, no, no, nenita, nunca se está grande para llorar te dije -¿Cómo te llamás?/Celeste/¡Que bonito nombre! Celeste, ¿por qué llorás Celeste?- La nena se llama Celeste, ¡qué nombre tan precioso! Doce añitos, pobrecita, y yo un solado, un tonto soldado y entre tanto plebiscito para tanta pavada en estos días que yo votaría para algo le seque las lágrimas a esta señorita, tan bonita... -Lloro porque el verano se acaba/Ay, Celeste yo también, te diría pero no lo entenderías, tan nena tan inocente y cuando termine el verano... Lloro, Ale. Lloro y aprieto el gatillo lo más fuerte que pueda apuntando a la nada. Ale, te veo despacio hasta que uno de los silbidos se transforma en un frío en el pecho y me caigo sin querer caerme, te miro sin querer mirarte y lloro sin querer llorar. Lloro por el olor a escuela que no sé si voy a volver a oler. Por el olor a mate, a amigos, a familia, a café o a lo que fuere. Lloro por vos y tus ojos en blanco porque sé que tus ojos... sé que así serán los míos en algún momento. ¿Pero qué tiene de malo, nena? El verano se acaba como todo en este infinito espiral de sinsentidos, el verano se va y vuelve... un precioso ir y venir pero, ¿y si me quedo en el ir? Díganme, ¿y si me quedo en el ir para no volver jamás? Bien podría pasar a cualquiera, ir y nunca volver. Más chances tiene un soldado, más chances tiene un soldado de no volver. ¡Qué tristeza me trajiste, nenita, Celeste! Se acaba el verano. –Pero yo lloro por capricho, señor. Es un llorar tonto, como un miedo a lo desconocido... ¡tan tonto! No llore conmigo por el verano, señor. Acá en la vereda amarilla no se puede llorar. Es tan fácil porque uno una vez que se cruzó ya está y es muy tonto llorar por la vereda roja que se nos va y no vuelve. Pero señor, nadie puede cruzar de vereda si no está preparado, porque acá no cruzan autos que nos impidan cruzar tranquilos, acá no hay semáforos ni leyes sin sentido. Dígame, ¿tanto le duele que se acabe el verano? Yo sé que es precioso, pero, ¿usted vio alguna vez un otoño? Ya sé que está todo nublado pero cada tanto sale el sol y es precioso ver a los pajaritos bañarse en los restos de la lluvia que pasó. ¿Y qué me dice de los inviernos? Ya sé que son fríos y lúgubres pero los dos sabemos que mientras más frío hace más nos abrazamos a quien tenemos al lado. Es todo tan simple y tan bonito como que no hay nada que contradecirle a la preciosa primavera en la que todo florece, y tan pequeñas son sus alergias si puede ver florecer... pero no me diga que las flores de mi caldero son flores para su entierro, porque, señor soldado, no se puede estar triste si se vivió al menos un verano. ¿Cómo puede usted estar triste si floreció, si se bañó en algún charco y alguna vez compartió un abrazo? ¿Cómo puede estar usted triste cuando algunas ni siquiera vimos el verano?
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