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Con bronca, descubrí que había errado el camino y que acababa de llegar a Chiclana. Mi Guía T estaba en el departamento, justo el lugar al que no sabía como ir. Calculé más o menos para dónde quedaría mi departamento y arranqué por Chiclana para ese lado, creyendo que en el peor de los casos terminaría en una avenida. Paré en una esquina que me pareció conocida ("¿Esta no es la esquina de las dos calles que serpentean?" pensé con horror, sabiendo que de allí no saldría sin perderme) . Y mirando en dirección norte (creo que era el norte; nunca se sabe en esa esquina), me vi a mí, que venía caminando. Era yo. Estaba vestida como yo, y caminaba mirando al piso, como yo cuando estoy pensando en algo importante. Levantó la vista justo antes de tropezarme. Yo estaba tan sorprendida que no pude articular palabra. - ¡Mierda! ¿Otra vez? - dijo mi doble, con más bronca que sorpresa. Yo estaba tan fascinada que sólo atiné a balbucear incoherencias. - ... Em... da... ¿qué... pasa? - ¡Ah! - mi doble suspiró con alivió y sonrió - ¡Ahora entiendo todo! Claro, pero yo no entendía nada. - ¿Qué es lo que entendés ahora? - Nada. No importa. No vas a hacerme caso a nada de lo que diga de todos modos. Vos seguí caminando por donde venías y ya vas a ver. Y dicho eso, se alejó rápidamente hacia el -supuesto- sur. Yo seguí por Chiclana en mi rumbo, hacia donde creía que era el Este. No entendía nada. Comencé a caminar más lento tratando de entender qué estaba pasando. Me concentré. Era tarde, muy tarde. El sol estaba alto y yo no dormía desde hacía 24 horas. Tal vez hubiera sido mi imaginación. O tal vez todo tenía una explicación lógica que yo no estaba considerando. O tal vez... Al llegar a la esquina me sorprendió de repente la presencia de una persona que estaba como atornillada al piso y que me miraba; yo no la había notado por mi concentración. Me sobresalté y me detuve, con la cabeza en alto, justo antes de chocarla. Era yo. - ¡Mierda! ¿Otra vez? - dije para mí misma. El eco de las palabras me trajo un rumor conocido. De golpe noté que ya no estaba caminando por Chiclana hacia el este; ahora iba por otra calle rumbo al sur. Mi interlocutora estaba mirando al sol naciente. ¡Todo tenía sentido! - ... Em... da... ¿qué... pasa? - ¡Ah! - suspiré con alivio y sonreí - ¡Ahora entiendo todo! La cara de boluda que tenía la otra era increíble. Me dio risa, y a la vez vergüenza al saber que yo también había puesto esa cara alguna vez. ¡Qué sorprendida y qué asustada estaba! Me embargó un sentimiento casi maternal por aquella que no entendía lo que yo sí. - ¿Qué es lo que entendés ahora? - Nada. No importa. No vas a hacerme caso a nada de lo que diga de todos modos. Vos seguí caminando por donde venías y ya vas a ver. Le dije eso porque no quería arruinarle la sorpresa. Mientras volvía para mi casa, ahora sí bien encaminada, me insulté a mí misma por vivir tan enfrascada en la lógica newtoniana. Ya habiendo demostrado que Mendoza vive de acuerdo a la teoría de la relatividad, ¿por qué me sorprendía tanto que Buenos Aires también lo hiciera? Como bien nos enseñó la física del siglo pasado, el espacio y el tiempo son dos caras de la misma moneda. Y si existe una esquina que hace que la gente pierda el rumbo, no debería sorprender a nadie que también haga que se confunda el tiempo.
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