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A partir de ese momento, la decepción se llenó de botototo o de menigia mientras las fotos giraron una tras otra hasta volver al mamotreto, resistiendo a los pedidos reiterados de quemá esa hoja o dejame sacarle una copia que es di-vi-na. Todo el momento estaba ya teñido de rojo o azul según el caso, y esconder el insight no sería problema ya fuera el uno o la otra. Si se trata de un botototo en estado puro, el anhelo suele ser sencillo como su nombre: querrá alejarse cuanto antes, fumar o beber o desenfundar las viejas y queridas sustancias prohibidas hasta que la amargura se pierda en la conciencia alterada (elevada, para los oídos de algún pichón), se convertirá en un fantasma girando en una esquina (la de su habitación cuando la calle no lo deje estar solo). Claro que si en su lugar aparece una menigia inmaculada es de esperar otro mambo, donde ella caminará las cenizas de la noche hecha una hermosa veleta que va y viene impactando contra las personasparedes, cantando incluso sin música, esperando (aunque no, ni en pedo, dirá) ser agarrada, dejar de girar y ahí sí, probablemente escuche el santo y seña adecuado. Everything is gonna be alright, llorará amargo-mal-poco, se desnudará si hace falta con tal de que no la invada el color gris de la distancia, el único que no puede ver. Claro que ni esta bifurcación ni las anteriores indican caminos frecuentes. Son bastante excepcionales, teniendo en cuenta que tanto el botototo como la menigia sucumben generación tras generación ante el placer de aparearse; así es que desde un siglo por lo menos sólo encontramos mezclas, injertos, híbridos, hombres y mujeres como los que llegaron hasta el living constrictor en el que la cena ya pasó, las bebidas y el humo se desvanecieron y todos-tirados-vencidos, en una vieja banqueta en la esquina de la habitación o directamente en el piso que ni siquiera alfombra tiene para acomodar al muchacho de la eterna barba de tres días.
Sólo una persona todavía conservaba la fuerza para dar el grito de partida que alertaría al resto. Ésta, también rendida, era la única que se mantenía en guardia, concentrada su mirada de ojos entrecerrados en las simétricas (inmensas) distancias que la separaban de cada impostor y de sí misma con las fotos que se habían apilado tan desordenadas como antes bajo las alas del mamotreto. Su anónimo anuncio de retirada elevó a los invitados a punto de despegue cuando el celeste blando del cielo era apenas un presentimiento que se dibujaba en las ventanas. Se encontraron las caras, se vieron tristes y sonrieron igual, empalagados por las personas con las que habían hecho de ese departamento su teatro. Bajaron hasta la puerta a los apurones y se despidieron mal, con los abrigos hechos bollo-bajo-el-brazo, tropezando con su propia lengua hasta caer en las fórmulas de saludo más vulgares. El botototo o la menigia ya no se hubiera diferenciado en ese punto de ningún otro invitado, todos estaban ausentes en los últimos abrazos, todos parecían ser la persona vigilante capaz de denunciar a esos extraños que habían pasado la noche como amigos de toda la vida. Sin embargo, el misterio se encendió diluyendo su identidad en la partida, antes de escaparse por las esquinas, los taxis, las avenidas, cuando cada uno improvisó preso de su propio pasado-papel, vistiéndose con las mismas palabras que había en el guión: acordate, el mes que viene, en lo de Gaby