![]() |
||
![]() |
||
![]() |
|
Escena 86 Amanecía y todavía no se movía de donde ella lo había dejado. La silla de frente a la puerta de entrada, pero él recostado sobre su brazo izquierdo, que ya estaba dormidísimo bajo el peso de su cabeza. La incomodidad que le producía no alcanzaba para despabilarlo. Reaccionó sólo cuando el sol se levantó lo suficiente como para colarse por la persiana y pegarle en el rostro. Se vistió y empezó a ordenar la oficina a toda velocidad, pensando que acaso Tiburcio vendría temprano, cuando habitualmente ni él ni los demás aparecen por allí a la mañana. Se puso a limpiar cada uno de los escritorios y rincones, pensando que tal vez Lucrecia protestaría e indagaría acerca de por qué tanta mugre, a pesar de que eran un grupo de trabajo altamente resistente a la suciedad propia del medio laboral. Hizo y deshizo hasta que la oficina quedó en un estado ideal, uno que jamás le había visto en todo el tiempo que llevaba trabajando en la revista, del que nunca había oído siquiera. Entonces levantó la persiana para chequear si la luz del día revelaba algo fuera de lugar, un detalle que pudiera hacer menos sospechosa la escena. Quedó satisfecho con el resultado, era lo más perturbador que había visto desde que entró allí por primera vez. Cristina llegaría de un momento a otro, pero lo encontraría sólo a él. Daría vueltas por todos lados, notaría el orden y la cara de acusado de Hilario, pero no hallaría más nada. Griselda se había ido en tiempo y forma, diligente coautora e intérprete. Escena 21 La emisión era bajita por ese bendito aparato que Griselda llevaba a todos lados. Sus palabras llegaban envueltas en una bruma de ruido a través del auricular. Qué decía, lo de siempre, estoy re mal, sin ganas de hacer nada, quiero contarte cosas, espero que puedas hacerte un lugarcito, cómo andan todos por allá, no, no me interesa Cristina, qué andás viendo, leyendo, oyendo últimamente; toda una sarta de disparadores para que Hilario respondiera (lo menos importante) y luego rebotara la pregunta hacia ella (la más importante). Había llegado apenas unos minutos antes. Cristina no le había encomendado nada más por el resto de la semana, así que estaba listo para tomarse la tarde. Justo sonó el teléfono y se hizo ella, luego de meses, lo que se dice un caramelito irresistible para cualquier paranoico ¿¡Cómo carajos...!? No podía imaginarlo ni valía la pena hacerlo, así que se lo tragó con envoltorio y todo. Empezó a tirar de la piola de la conversación con mucho cuidado; primero gambeteó un par de discos impresionantes de una banda francesa, luego una película que me re hizo acordar a vos, más adelante frenó para no llevarse puestos unos poemas que escribí después de la última vez que nos vimos y ahí entendió que estaba llegando al final del camino. Evitó la colisión de la manera menos elegante, vas a estar en tu casa a las click, tu, tu, tu... Escena -10 Las bicicletas y los autos doblaban a todo trapo delante de la esquina ancha, redonda, aburrida de la gente que le pasaba por encima. El arremolinamiento de vehículos se armó cuando el semáforo les dijo rojo. Esos segundos de pre estampida permiten distinguirlo allí, debajo de un árbol viejo y destartalado de humo y ruido, donde nadie duraría sentado más de un minuto. Por el bullicio, porque todavía no son las siete, no salió el sol, la ciudad no termina de sacudirse el rocío y todos ya largaron con el vas-a-llegar-tarde-verde. Hilario no, pequeño privilegio del oficio de venderle ideas prestadas a la gente. Cristina lo amonestó desde su memoria, algún día te vas a mandar una y vas a ligarte tantas patadas que te voy a dejar lisiado además de sacarte lo cínico. Sus oídos estaban saturados, además del sonido ambiente estaba el blues sucio (insalubre a esa hora) que le tiraban sus auriculares, pero aún así le llegaba la voz clara de esa vieja tan pendeja, tan acomodada a ese mundillo que movía la revista; músicos, escritores, artistas, escultores, guionistas, actores, todos los mejores y más prometedores (de este mes). Una locomotora (una loca a motor) de consejos y advertencias para que el Hilario redactor asesinara de una vez por todas a ese estúpido que no podía leer un cuento sin querer modificarlo, ni escuchar una canción fea sin cantarle algo distinto encima, ni asistir a una obra predecible sin deschavar el final en voz baja. Vieja zorra ella, vivía consciente de que sacarlo bueno era sacarla a ella del medio, a la pendeja que vivía para dar vuelta todo lo que la mostrara cruzada, invertida. Así fue como la rajó, según Griselda, por mucho menos de lo que ella suele estropear con sus ataques de estrella estrellada. A Cristina no le había sido fácil sacársela de encima luego de tanto tiempo de trabajo, y menos con el novato enganchado a su pollera. Entonces, Hilario recibió un acertijo o una advertencia, pero no una explicación; se pasó de gata y para eso ya estoy yo. Entendió de golpe su propia necesidad de aturdirse hasta querer dejar de encontrar una salida. El ruido no alcanzaba, las palabras y las escenas que tejía eran débiles, confusas, inservibles. Todavía no se decidía por ninguna de las secuencias que tenía escritas para aquel día. Volvió a pensar en Griselda, luego en Cristina (jamás podría con las dos al mismo tiempo), en la noche, en un final perfecto y un orden para todo lo que tenía hecho y lo que restaba concretar, era cuestión de esperar que el día y las manías de las dos lo ayudaran un poco. Mató a todas las dudas, levantó el volumen hasta el cielo, se paró y se fue caminando tranquilo hacia la oficina
|
|
![]() |
||||||||
|
||||||||
![]() |
||||||||