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Exhaló y se encontró bajando la escalera de mármol, abriendo la pesada puerta de entrada y por último arrojándose a la calle. Su contento no acababa en haber sobrevivido a la última cena (la idea del nombre le dibujó una hienesca sonrisa en el rostro). El cuerpo le pedía sacudir esa sensación incipiente de dejarse ir de él y de aquéllos. Por más veces que le hubiera sucedido a esa altura de su vida, por más príncipes que hubieran pasado, la llegada a ese punto de quiebre siempre era redescubrir y asombrarse. Él no había sido distinto a otros: se habían tanteado y encontrado de todas las maneras que conocían, se habían hecho todos los juramentos de rigor, habían compartido todo lo que tenían para ofrecer. Estaba acostumbrada a esa forma rutinaria de estar con otro, la había asimilado como lo mejor que podía dar de sí. El amor que hace muchos años había definido como tal ahora era un absurdo de rosa lacrimógeno, como todo lo que decoraba aquella historia. En el medio había distancia geográfica, temporal, psicológica, de todos los colores y talles excepto de la que le hacía falta, la definitiva. Olvidar era un esfuerzo constante que había dejado de dolerle a fuerza de asimilar ese esfuerzo como la digestión y la siesta de los domingos. Desvelada de contenta como estaba, cerró rápidamente ese capítulo de reflexiones y echó a andar por las angostas veredas del barrio. Esa noche todo estaba bañado en luna, desde las veredas hasta los desvencijados arbolitos, todo tenía un matiz plateado que hacía juego maravillosamente con la capa oscura y satinada del firmamento. Las estrellas le parecían incómodas al intentar repartirse la inmensidad de semejante manto. Cada segundo que pasaba con la mirada fija en el cielo aparecían más y más, motivo por el cual reanudó su marcha, tratando de no generar algún tipo de descalabro galáctico. El contento del final le había subido el pulso de manera imperceptible, al igual que el ritmo de sus pasos y su respiración. Se habían mudado juntos hacía algún tiempo; aún así sólo reconocía en aquel lugar lo que también podía apreciarse desde el balcón del primer piso de su casona. No le habían faltado oportunidades para salir y hacer un reconocimiento, pero las había trocado por una tarde tras otra de fumar apoyada sobre la baranda de madera. Imaginó entonces que esa había sido la espera, en algún recoveco suyo, que esa noche había llegado a su fin.
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