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Página 1 | 2 Recorriendo el trazado urbano fue delineando irregularidades. Las calles sin pendiente eran toda una extravagancia por allí, al igual que los cruces perpendiculares entre las mismas. Caminar era un continuo sinónimo de subir, bajar y torcer a intervalos sospechosamente desiguales. Las fachadas de las casas viejas que quedaban en pie eran pocas, si bien su distribución dejaba la impronta de que alguna vez no habían estado solas. Se fijaba en ellas no por su valor arquitectónico ni nada por el estilo; era el hecho de que el influjo lunar las transfiguraba de una manera especial, les quitaba la vejez diurna y las dotaba de vida, como si la mayoría de ellas no estuviera abandonada. Cada una de ellas era una parada obligada, un instante ritual en el que ella se entregaba a la magia reveladora de las noches brillantes. En algún momento perdió la noción de dónde se encontraba. Su andar se había precipitado hacia algo como un allegro, pero como de alegre no tenía nada apretó el paso aún más hasta empezar a sentir una ligera agitación. Desvelada de contento y todo, sentía que algo le oprimía el pecho, lo cual la contrariaba al estar navegando una de las madrugadas más bellas entre las que recordaba. Empezó a sentir una carencia, a buscar algo desesperadamente, a la vuelta de cada esquina, entre los huecos de cada ventana. Se quedó tiesa por enésima vez frente a otra de las casonas que alguna vez fueron dueñas del barrio. En su cara se imprimió una mueca indescriptible, toda ella había sido redibujada por una inquietud fatal. Sentía que conocía aquella fachada ruinosa, de verdes opacos y grisáceos, la alta puerta de madera pintada de negro, la cadena que la mantenía cerrada, las puertas ventanas a los costados y los pequeños balcones con sus rejas oxidadas. No podía vencer lo que le sucedía, vio desde dentro de sí misma cómo echaba a reír al mismo tiempo que rodaban por sus mejillas dos pesados lagrimones. Trepó una de las rejas e intentó forzar las tablas de una de las ventanas con una patada, pero no tuvo suerte. Hizo lo mismo en la otra y se asustó, no de encontrarla abierta, sino de haber optado con cierta naturalidad por empujarla suavemente, suponiendo que ésta se abriría. Entró y abrió las portezuelas de madera de par en par para iluminar un poco entre tanto olor a humedad sin edad. Las bisagras, en lugar de rechinar, aullaron. La luz de la luna entró de manera oblicua y frontal por el marco, dejando a la vista un rincón frente a la pared que lindaba con la casa de al lado. Ella sólo atinó a contener un grito y se quedó parada junto a la ventana mirando. Había una mesa baja, de madera vieja y oscurecida, pegada contra la pared. Sobre la misma un cenicero desbordado de colillas y un cuchillo de hoja gruesa con un tosco mango de madera sin trabajar. Alrededor de la mesa las astillas habían sido cuidadosamente acumuladas en pequeños montículos, cada uno con un color particular, como el rastro de un momento. Había letras acuñadas con una caligrafía febril por toda la tabla. La frase se repetía en distintas direcciones y tamaños. Las hendiduras de algunas inscripciones ya estaban enmohecidas y otras llenas de grasa. Ella se arrodilló ante las letras que ahora brillaban plateadas, como avergonzada ante un altar pagano. Eran sus vocales y sus consonantes que atravesaban cada fibra de la mesa. No pudo gemir siquiera, sólo se entregó al llanto mudo y dejó correr las lágrimas por los senderos que ya horadaban sus pálidas mejillas. La mirada se perdió en un punto insondable de la pared, mientras tomaba el cuchillo, encendía un cigarrillo y empezaba a tallar mecánicamente: Maldita seas por volver aquí
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