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No había terminado de acomodarme cuando el chofer detuvo el coche súbitamente antes de la calle. Su mirada se dirigió al espejo lateral que vigila la puerta de descenso, entonces presumí (acertadamente) que la maniobra era para esperar a un pasajero que venía al trote o quizá corriendo. Recuerdo que no pude disimular mi asombro cuando la vi subir, aunque tampoco hizo falta dadas las circunstancias. Dio un salto tímido para llegar al primer escalón y luego dos pasos cuidadosos mientras el insensible del colectivero arrancaba sin consideración alguna. Las señoras de adelante la contemplaron con la misma indiferencia que yo había padecido, mientras se aferraba al pasamanos y buscaba unas monedas en el bolsillo de su bolso. Recién cuando terminó de pagar levantó la vista buscando un asiento y allí pude terminar de contemplarla. Me quedé embelesado al ver su rostro y aún más cuando su mirada encontró la mía mientras se depositaba suavemente en el tercer asiento individual. Quedó sentada varios asientos por delante, en dirección recta y dándome la espalda; me olvidé de las señoras al punto tal de que ya no estaban en el coche, o al menos eso sentía. No recuerdo su rostro ni tampoco el color de sus cabellos. Fue sólo un instante, pero hasta el día de hoy puedo revivir el desasosiego que sentí al encontrarme aquellos ojos. El impacto fue tal que tampoco recuerdo con precisión si eran verdes, azules o grises. Ojo, no es que yo sea enamoradizo.
Abrió la ventanilla y el aire fue renovándose con el correr de las cuadras, como si ella fuera la encarnación misma de aquel maravilloso día. Su pelo ondeaba según los designios del viento y ella se limitaba a mirar por la ventanilla pensando en quien sabe qué (vaya uno a saber si estaba pensando en algo realmente). Entonces comprendí que no estaba abstraída ni meditabunda ni nostálgica ni frita. Por más bien que lo disimulara había algo más en esa deliciosa forma de dejarse estar contra el asiento, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y a un costado, tal vez intentando una siesta. Pero no, ella buscaba, casi que se afanaba en ser objeto de contemplación. Como las señoras ya se habrían bajado, o al menos eso esperaba en medio de mi trance, y el chofer estaba demasiado absorto en su trabajo, el único espectador en potencia era yo. Aquel cruce de miradas evidentemente había tenido efectos recíprocos en ella. Mis dudas se habían despejado por completo. Si algo me ha enseñado mi experiencia con las mujeres es que ninguna remolonea con tanta gracia sin saberse bajo una mirada interesada. De hecho, tampoco prolonga demasiado el ritual a menos que el observador sea de su agrado, despertando en ella una intención de trascender ese estado inicial de belleza inalcanzable. No es que yo sea narcicista ni mucho menos, pero no hay que renegar de la buena apariencia que uno pueda tener, o al menos eso me han susurrado al oído.
Habiéndome percatado del ardid, sólo restaba aproximarme y, como se dice vulgarmente, pasar del dicho al hecho. Recorriendo el trecho me encontraba, cuando el impulso que tomé para levantarme del asiento e iniciar la introducción fue frenado por un violento empellón invisible. Claro, el colectivo seguía en marcha y el chofer en su asiento, justo había frenado peligrosamente asomado a la bocacalle para no pasar un semáforo que recién en ese instante pasaba del amarillo al rojo. Podría haber acelerado para pasar tranquilamente bajo el visto bueno a regañadientes que significa el faro central de los semáforos. La cuestión es que no lo hizo. Empecé a sospechar que ese energúmeno de camisa celeste se había percatado de mis intenciones, por lo que corregí para ocasiones futuras la posibilidad de soslayar la perspectiva de espejo retrovisor que poseen estos singulares empleados públicos. Aún cuando fuera cierto, no iba a dejarme inhibir por los toscos esfuerzos de un sujeto que, de pretender mi mismo objetivo, corría con claras desventajas estetico-odoríferas que no vienen a cuento. Esta vez no cabe desmentirlo, parece que abrigo cierto rencor hacia los colectiveros.