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La cosa interesante a observar es que mientras se estaba secando también estaba anocheciendo, ahora sí, de forma definitiva. En eso estaba la chica cuando algo (un puño o el Pájaro Loco, no empiece a hacer de las suyas de vuelta) golpeó a la puerta que hasta aquí sólo se conoce desde adentro, una madera dura, pesada y pintada de negro hace muchos años. Ella no pareció sorprendida, pero algo en su rostro cambió, algo en la expresión, a esos ojos amarillos no hay con qué darle por más que todavía no le hayan cerrado a usted-que-se-confunde-allí. Supongo que la resignación, pero no me arriesgaría a decir que la resignación, al menos no todavía. No se molestó en cambiarse para abrir la puerta, sin saber qué o quién había afuera, y podemos acordar acá entre nos que eso ya es toda una señal. Afuera seguían las baldosas blancas, negras y frías que había adentro, el pasillo era estrecho y tenía otra puerta igualita enfrente. En el medio del cuadrado blanco más cercano al umbral descansaba una caja mediana de terciopelo bordó, sin moños ni cierres ni nada que se le parezca. La miró un segundo, suficiente para jamás decir que la resignación, porque el rostro volvió al estado expectante de antes.

Tomó la caja sin soltar la toalla y se metió adentro apuradísima, una tremenda proeza dado que las dimensiones del regalo eran considerables (pero cuánto es eso), su tamaño era el del promedio entre una caja de zapatos y un cartón de chocolatada y a joderse por insistir con tanto detalle. En el interior era algo así como un cielo en miniatura (en el de la caja). Usted dirá que es una expresión compleja, una licencia poética bastante berreta y la mar en coche, pero entonces estaría desconfiando -por enésima vez- de la condición fundamental con la cual se cuenta esta historia. Simple, lo primero que había adentro de la caja era un papel celofán celeste que la chica levantó con mucho cuidado para luego apoyarlo sobre sus piernas, ya sentada en su cama con el resto del paquete a su lado. El envoltorio la atrajo y en esto ni usted ni yo (ni mucho menos ella) vamos a tener la menor duda; lo miró fijo, hasta podría decirse que lo leía si se me diera por complicarle la escena, pero lo cierto es que mientras lo hacía le pasaba la mano firme pero lentamente, luchando en vano contra las arrugas y pliegues que ese tipo de papel desarrolla casi como una cuestión genética vio. En un momento su mirada se desvió hacia el interior de la caja, lo que fue la gran cagada gran de esta simple y maravillosa historia. Si usted o yo hubiéramos estado ahí sabiendo lo que se desencadenaría luego, sin lugar a dudas lo habríamos impedido a toda costa.

Fue breve como fatal, just a glance y a otra cosa mariposa. Se desencajó como en las películas viejas, cuando lo sobreactuado se potencia con los pequeños baches en la imagen, sólo que aquí la que daba pequeños saltos era de veras ella, como también lo era esa voz continua que temblaba y a intervalos más o menos regulares se elevaba de su línea tenue hasta murmurar te mato. En el primero saltito cerró la caja de un golpazo y se alejó de ella sin moverla siquiera. En el segundo revoleó la toalla hacia la silla celeste para buscar debajo de su cama un jean, una remera naranja y una camisa a rayas bastante gastada, todo guardado prolijamente hasta entonces en una gorda maleta de cuero. En el tercero, ya vestida, agarró la caja, siguió girando mirando lo poco que había para ver allí. Tomó el papel celofán, lo apretó con bronca contra su boca hasta hacerlo un bollo, esta vez sí pasó por el ventiluz hacia la noche y fue el disparo que por fin daba en el blanco. Ya no se sentía como al amanecer, como buscando qué. Sabía que estaba afuera, había que salir corriendo de allí antes de que fuera demasiado tarde y lo hizo sin dudar, se dio cuenta rápido como usted-que-lee-allí que la narración ha variado mucho de un párrafo a otro, para qué desmentir ese tufillo de-desenlace que le haría mover la cola si fuera un perro (o al menos uno que supiera leer).

Caminaba por la calle decidida, nerviosa por una sensación desconocida, la sonrisa fija en el rostro -depende a quién le pregunte- era de las que gusta o de las que asusta. Mientras tanto la caja la acompañaba firme bajo el brazo, ella sabía frenar al menos una vez en cada cuadra para ver en el interior, siempre con la voz tambaleando entre te mato y te mato, reanimándose en cada repetición mecánica abrir-mirar-cerrar. El quiosco y el quiosquero, el gordo del banco, la tarde de espontáneas decisiones (no, locuras no), todo está bien lejos en su mente, no importa ahora que se ha vuelto tan simple. Ya no tiene sentido el juego que empezamos hace rato, conviene dejarlo en claro por más que ya lo haya deducido. Así está, desplegado sobre la mesa, así se hace demasiado simple hacia el desenlace que -como le dije- no podremos evitar ni usted ni yo. Ella está sentada en el umbral de una puerta, la suya, la mía, irrelevantes atribuciones a esta altura del relato. El tiempo es algo que hemos venido manejando de manera conjunta con usted, con la mayor discreción. En este punto lo que ella sea o haga ya no depende de cómo caiga la arena; no va a cansarse, no se quedará dormida, no tendrá hambre ni ganas de ir al baño, no se va a mover a menos que usted y yo nos hagamos cargo de lo que tiene entre sus manos. No sabemos qué es, qué quiere ni cuándo planea conseguirlo; es algo terrible, ahora lo sé tan bien como ella y usted lo sabe tan bien como yo, recién ahora lo ve y es demasiado tarde para evitarlo (tanto más para ella). Hay un final pendiente, puede ser enfrente de la casa de usted-que-lee-allí, a la vuelta, en la otra punta de la ciudad, dentro de diez años, quizás en la madrugada más húmeda que jamás haya vivido u (ojalá) en un sueño que compartamos los tres para luego salir ilesos. Usted, ella y yo, desdibujados, mezclados como estamos, ninguno puede prescindir de los otros en este momento, ninguno es capaz de llegar al final por su cuenta. Así de simple

[ Gracias a Lupe por prestarse para el logo de este texto. ]


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