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II

añana tengo que regar esa planta. Sin duda la pobre tiene que estar más preocupada que yo por el calentamiento global. Tener una planta es el secuestro perfecto. Porque hasta un canario te llora su encierro, pero las plantas son maravillosamente mudas. Uno las pone ahí y les dice: "¿Ves todo esto que te rodea? Olvidáte de extraer cualquier mineral necesario, m'ijita, porque esto es cemento. Sí, cemento; la credencial del hombre, su futuro. En las películas dicen que vamos a ser máquinas. ¡Y una mierda! Vamos a ser de cemento; a eso aspiramos."

Al dejar atrás la maceta llegamos a la puerta del ascensor. Por segunda vez reparé en el mal estado de Siso. Su expresión, más ausente que de costumbre, se volvía nula en esos ratos en que yo me perdía en mis monólogos.

Llegó el ascensor, y con un vecino dentro.

"Buenas tardes."

"Buenas."

Compartir ascensor es para mí como una patada en el hígado. En breves segundos, incapaz de soportar el viaje de otra manera, diré: "Está raro el tiempo...", y él responderá, desde lo más hondo de su confraternidad vecinal: "Sí, a ver cuando se arregla..."

Yo los conozco a mis vecinos. Está el que arrastra la "ll" para decir lluvia, está la que siempre acompaña la palabra frío con "¡Bruuuu!", la veterana del continuo paraguas "Nunca se sabe", el flaco que exagera de abrigado; en fin, si no fuera por el clima nos quedamos en Sexto A, Segundo C, Primero B y olor a sobaco.

Sin embargo, mi expresión al salir por la puerta no fue tan conformista como el pensamiento que le soltó la cuerda.

"Es increíble, Siso, lo en vano que hablamos la mayor parte del tiempo. Como ahora en el ascensor. O sea, le hablo del clima para que en el silencio no piense nada sobre mí. Que no se fije en la moña kilométrica de mis championes ni en el olor a tabaco impregnado, ni en cualquier divagado pseudotrauma que seguro que no ve. O sea, ya no es que me sienta el ombligo del mundo; me siento el ombligo del mundo en tanga roja. Una diana fluorescente para todos los dardos ¿de quién? De los que en verdad me preocupan: Los desconocidos; en los que anhelamos perdurar con sólo un instante, por ende, casi fingido."

Siso bostezó.

"A lo mejor llueve."

"Sé... tá raro el tiempo."


Los borrones en el cielo nos anunciaban el polígono industrial, los muros graffiteados, los dos botijas que juegan al baloncesto en el aro sin aro. Las cuadras eternas son una plaga de baldosas. Los gatos socios de la soledad implacable la besan en sus costillas marcadas y en su despreocupación cruzando la calle.

Llegamos a la puerta del taller. Desde enfrente, un pequeño bullicio ponía a reventar las paredes de "Bar El Cacho".

"Tenemos tiempo, podemos cruzar y tomar una cervecita", sugerí con un énfasis exageradísimo para el contenido de la respuesta.

Siso pegó un manotazo al aire espantando a un bicho que pasó rasante.

"Si seguimos a esa mosca, algún día seremos un ejército.", contestó sin más.

En el taller se nos presentó Roque, el mecánico. Siso relojeaba un viejo Fiat 128 parecido al que tenía mi viejo. Debo admitir que lo intenté pero no se me ocurrió ningún chiste estúpido al respecto. Un flash me pegó en la cara. A todo esto, Roque maniobró el Ford desde el más tupido encierro de chasis, motores, bidones de aceite y obstáculos varios hasta la calle. Como preparándose para una danza tribal se pasó un trapo por la cara que lo dejó en pie de guerra. Se acercó a la caja registradora picarescamente revestida con Daysi y sus tetas. Es increíble el poder de conservación que los talleres mecánicos generan en los almanaques de minas en bolas. Por ejemplo Daysi, con esa permanente y esos jeans desflecados a lo traga nalga, no puede ser de otra década que no sean los ochentas. Pero ahí está, inmaculada. ¿Sabría la virgen María que a una de sus hijas le harían sostener una llave inglesa durante tanto tiempo?

Roque me trajo a la Tierra otra vez:

"Mmmmh, el espejo más mmmmhh... 360, ¡porque es usted, eh!"

"Y sí", pensé yo, "Gil de mierda, ¿a quién le vas a cobrar por mi auto?" Pagué y nos fuimos. Llevaba días sin manejar. Por suerte Siso estaba tan ausente que casi no me dio vergüenza que se me calara a la primera. ¡Qué patético! Pero si ya tengo barba y calvicie, ¿cómo es posible que se me apague el auto al estilo niño de tres años que escapa a los setenta minutos de la película? Qué desastre. ¡Uy! Y en la vereda de enfrente Roque con risa tonta. Ja, qué me importa a mí, un tipo con mente constituida, lo que piense un imbécil que se pasa la mayor parte de la vida mostrando la raya del culo; qué me importa esa burla, si es lejana, desconocida. No la veré en el espejo ni mañana en el desayuno. Cuánto más me importa la patética conducta que adopto de bombear el embriague como quien tropieza y apresura el paso durante dos segundos para seguir caminando normalmente luego, y así no perdonarse jamás lo que el mundo ni siquiera tuvo que perdonar. Cómo me puede llegar a molestar desayunar contigo mañana, Roque, cuando soy el único que reparte las invitaciones.

Al alejarme de la ciudad me sentía horriblemente solo. Como buscando un aplauso ancestral, me afirmé al volante. Veintiocho cuadras y a casita. Qué más quisiera yo. A ver si se arregla el tiempo, dijo el vecino. Con la pera en el volante vi los nubarrones oscuros, dominantes. Lo único que no me gusta de la lluvia es que moja, pero todos sus otros atributos son hermosos. Tendría que hablar con mi viejo. ¿Cómo andará el pelado? Serio y calladito, seguro. Como esta jeta ahora en el retrovisor. Luz roja. Volví a mirarme en el espejo. ¿Qué es esta cuenta pendiente? ¿Dónde están los papeles? ¿Acaso este cacho de ADN pretende corregir algo? ¿Evolucionar? ¿Tengo el derecho de usar esa palabra? ¿Qué nos une? ¿Fruncir la frente para pensar? ¿Lo que entró por un oído y salió por el otro no había salido? ¿Para eso la oreja tiene recovecos? ¿Para que se escondan por un rato las voces no olvidadas que serán recuerdos? ¿O eso es sólo cerilla? Y a lo nuestro. El silencio a lo cotonete y ya está. No son calvos los superhéroes.

"¡¡¡Baaaaaaaang!!!" --una bocina me aterrizó. La verde.


Apreté un poco el acelerador al entrar en el pueblo. Las plazas están llenas de abuelos de nadie, y yo no diría que soy egocéntrico pero me encantaría pisar la tierra y provocar terremotos. Siso y el día comenzaron a llorar. Me enfadé.

"¡¡No me jodas, Siso!! ¿Que querés que le diga? 'Te quiero, pero hoy por hoy parece una meta no ser como vos'. ¿Qué le digo? 'Hola, tá raro el tiempo, cada vez que me descubro un gesto tuyo me estremezco'. O mejor aún: 'Hola papá, la maestra me dio el carné y dice que voy progresando, que estés orgulloso de mí y que ya me dejes tranquilo'."

No terminaba de gritarle a Siso cuando un perro se lanzó contra el auto. ¡Cuidado! Clavé los frenos, una señora llamó de un grito a su hijo. El Ford quedó atravesado en la calle. La cara de la vieja ya no tenía más ojos que abrir. Volví en mí, reparé en la muerte de Siso, soy consciente hace rato de su inexistencia. Los niños de hoy en día tienen cara de chocolate por la noticia.

Abrí la puerta para tirarlo fuera del auto pero ya no había más nada que arrojar.

Puse primera y encaré la cara y el auto rumbo a casa.

Cerca de la esquina encontré un lugar para estacionar. No me sería fácil.

En la primera maniobra dudé un poco sobre un rato cualquiera y un hoy irreparable, dije:

"¡Mañana será mejor!"

Y en la última estuve conciso: A lo mejor despierto con un espejo retrovisor en el ojete


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