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Página 1 | 2 Crucé Bulevar Artigas y después Libertad y llegué a la estación. Compré Coca-Cola y aspirinas. Coloqué una sobre la lengua y la hice barrenar una ola de refresco. La Coca-Cola es un bálsamo, es la bebida más rica del universo conocido. Si fuese el único producto llegado desde los Estados Unidos, justificaría el imperio. Pero también están Dan Brown, Lenny Kravitz, Paris Hilton, cualquier cosa que provenga de Miami, el emo, la cajita feliz y el empleado del mes, MTV, las camionetas enormes, Paris Hilton, Teleshopping, el último disco de los Red Hot Chili Peppers, etc. Mientras caminaba por la calle Carlos Berg encendí otro cigarrillo, esta vez en honor a mi astucia y la Coca-Cola. Iba hacia Obligado, donde doblaría hacia la izquierda para llegar a mi casa. Tenía el viento en contra y una brasa me quemó la remera, que era ajena. Miré cómo el viento esfumaba mis bocanadas de humo y mi astucia al mismo tiempo. Una mujer que caminaba por Obligado me miró y siguió su curso. Doblé quedando unos diez metros detrás de su vestido negro y sus sandalias negras y su pelo negro. Del supermercado de la vereda opuesta salían personas cargadas de bolsas y una anciana encorvada les pedía monedas. De pronto Morticia miró sobre su hombro y se detuvo. Seguí caminando, resignado, y cuando me puse a su altura dijo: "No me gusta que me sigan." "¡Uy, qué original! ¡DEJAME EN PAZ!", le grité, mientras ella se llevaba una mano al pecho. Sin mirar atrás llegué a Bulevar España y lo atravesé gruñendo. Arrastré mi miseria dos cuadras más hasta llegar a mi puerta. La abrí y pude ver la escalera. Seguía ahí, no se había movido. Son veinticuatro escalones, todos iguales, todos sucios
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