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La tarde estaba nublada, e iba caminando por la calle con mi cigarro encendido, la capucha puesta. Había demasiada gente por ser jueves, hora pico. Las personas estaban cada cual en su mundo, en su apuro, en sus agites, en sus miles de obligaciones, corriendo tras sus horarios. Yo caminaba tranquila. Tranquila... No me apuraba ni el viento. No sabía qué me traía el destino esa noche. Ni me importaba. Todos frenamos frente a una gran avenida. El semáforo estaba en rojo. Los motores hacían demasiado ruido como para tratar de pensar. Había demasiado bullicio. Una madre le decía al niño que no le soltara la mano. Estaba parada casi frente a mí. Un tapado blanco. Limpio. Perfumado. Una bufanda roja colgaba hacia atrás. El semáforo tornó en verde. La multitud me empezó a llevar. Me perdí en quien sabe qué calle. Terminé sentada en una plaza, viendo a un viejo alimentar a las palomas. Era una bella imagen. Las palomas iban y venían. se posaban en sus brazos, en su falda. El viejo soltaba más migas. Un niño pasó corriendo e hizo volar una gran parte. El niño rió. Las palomas volvieron. Me paré y seguí caminando. Me recosté en mi cama. Mi cabeza se hundía en la almohada. Hacía frío afuera, y había silencio. Me dormí. A la mañana siguiente, cuando desperté, recordé que había soñado con un campo cubierto de flores blancas y rojas, delicadas, perfumadas. Me levanté, desayuné, y salí a dar una caminata. Llegué frente a una tienda donde vendían... no me fijé qué vendían. Sentí un olor difícil de describir; a algo que me llamaba la atención, un perfume peculiar. Miré a mi costado. Había un tapado blanco, con una bufanda roja que colgaba hacia atrás. Se dio vuelta. Nunca había sentido ese magnetismo, una especie de efecto imán. Quería olerla de cerca, deseaba sentir qué tan suave era su piel. Era como una flor. Se cruzaron nuestras miradas. Sus ojos eran oscuros, como un espejo en medio de una noche estrellada. Brillantes. Sus pestañas, mariposas cada vez que parpadeaba. Sus labios rojos, abundantes... Fueron menos de cinco segundos, pero me pareció que todo a nuestro alrededor se había quedado quieto, inundado de silencio. Tomó la mano de un muchacho y me quitó la mirada para dársela a él. El le dijo algo, ella sonrió y comenzaron a caminar, alejándose. Mis piernas estaban aún inmóviles. Sentía algo parecido a impotencia. Luego de unos segundos comencé a esquivar gente, mucha gente, siguiendo ese saco blanco. Doblé una esquina. Vendedores ambulantes me ofrecían cosas, pero creo que no los escuchaba. Estaba apurada. Subieron a un ómnibus. Se fueron. Se había ido. Me apoyé contra la pared. Encendí un cigarrillo. Seguí caminando hacia la casa de algún conocido. Día de feria. Día de comprar frutas y cosas para la semana. No pude haber tenido más suerte de encontrarla otra vez en mi camino. Compraba manzanas. Las elegía con delicadeza. Su saco blanco. Su bufanda del color de sus labios, del color de las manzanas. La observaba desde lejos. Esa mañana la seguí unas cuadras. No hice mis compras. Caminaba entorpecida por su silueta. Ella caminaba con gracia. La vereda era de ella. El sol la alumbraba a ella, y la hacía brillar más. Llevaba el pelo suelto. El viento jugaba con él. El viento la acariciaba. Sentía celos del viento. Quién pudiera ser viento y restregarse por su piel esa mañana. Dobló en la entrada de una casa. El muchacho abrió la puerta. Entró.
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